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La Guadalupana, alegría mexicana en París

9 Dic

Por Elizabeth/Todo París

Debo confesarlo: la primera vez que asistí a la Misa de la Virgen de Guadalupe, un 12 de diciembre, en la catedral de Nôtre Dame de París en mi primer año de estancia en esta ciudad, no pude detener el nudo en la garganta y el derrame de una lágrima. No porque me conmovieran las parábolas de los curas que recitaban la misa en francés, ni porque me pareciera un acto sublime de catoliscismo.

Me conmovió toda la escena, el mexicanismo puro, oír el mariachi en vivo que hacía mucho no escuchaba, con sus vigorosas trompetas entonando canciones como Cielito Lindo, Gema, y Volver volver. Cimbrando a tope las paredes de una de las catedrales más antiguas y visitadas del mundo, convertida ese 12 de diciembre en una romería de mexicanos que se dan cita desde diferentes partes de Francia para vivir ese momento una vez al año.

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Pero también me conmovieron los franceses que acompañan a sus parejas, los que fueron alguna vez de vacaciones a México y quedaron prendidos de nuestra calidez y folclor para siempre, de franco-mexicanos, hijos de parejas mixtas que ven ese día con asombro cómo la gente se amontona delante de la imagen de una virgen y cantan canciones, que muchos de ellos escuchan por primera vez, desde lo más hondo de su pecho, y casi a grito pelón, haciendo lo que en otra ocasión nunca harían en Francia: cantar a coro con extraños, pero mexicanos, unidos al fin por la patria, reírse fuerte, hablar fuerte, mirarse unos a otros con mirada cómplice.

Como bien cita la escritora mexicana y radicada en París, Vilma Fuentes, y amiga de este blog, sobre este día vivido en París en su columna de La Jornada, “ninguna otra virgen, Cristo, arcángel ni santo goza de tantas veladoras día tras día. ¿Devoción o generosidad mexicana, y latinoamericana?”.

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Es verdad, el altar de la Virgen, otrora edificado por el grupo de exiliados porfiristas que decidieron erigirle esta capilla carísima, es el siempre iluminado en la catedral, y del cual las velas son las más caras de la misma (sí, hay que pagar por encender cada vela). Siempre, al frente, encontrará usted a turistas tomándole fotos a sus bellísimas y decenas de velas encendidas, pero siempre verá a un mexicano santiguándose o rezando de rodillas.

Como dice Vilma, esta celebración tiene hoy en día más de pagano que de religioso. Es una fiesta misma, al estilo mexicano. Al acabar, el mariachi El Sol hace su salida triunfal, seguido de cientos de mexicanos, (en 2011, la organizadora, Sandra Lupercio, registró la visita de 2 mil 500 personas) y en el atrio de la Catedral continúa cantando a todo pulmón canciones como “El Rey”, “Guadalajara”, “Jalisco”, “Un mundo raro”, y nuevamente “Cielito lindo”.

Afuera, la señora que año con año vende tamales parece que regala tablones de oro. Todo el mundo se pelea hasta el último tamal para sentir menos el frío de la temperatura invernal, pero también el frío de la ciudad y, a veces de su gente, del estar lejos de la tierra cálida y llena de vida que nos vio nacer.

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El año pasado una patrulla de policía llegó rápidamente, al ver semejante espectáculo fuera de toda proporción: mariachi salido de quién sabe dónde, gente cantando en español lo más fuerte que sus pulmones lo permitían, pasándose botellas de tequila y cerveza. Bailando, riendo, llorando. Todos testigos de imágenes surrealistas, como una monja francesa bailando, ayudándose de sus hábitos, al frente de los mariachis, agitando el brazo arriba, para asombro de todos los mexicanos allí reunidos.

El escritor francés Jacques Bellefroid, marido de Vilma Fuentes, que le acompañaba esa noche, es quien explica a los policías  quién es la Virgen de Guadalupe, por qué estamos tantos “extranjeros” allí reunidos y por qué demonios estamos cantando. Se calman pero no se tranquilizan, nos miran de lejos extrañados cuidando el orden, su orden.

Escucho a mexicanos que se conocen, que se reconocen, que se intercambian tarjetas, que se reúnen aquí y luego se van a cenar por allá juntos, contentos. Y así termina una velada dedicada a la Virgen de Guadalupe en París.

Sin embargo, esta vez como ocasión excepcional debido a las obras y celebraciones que se llevarán a cabo en la Catedral por sus 850 años de creación, la misa cambia de sede. Esta vez se llevará a cabo el 11 de diciembre en la Eglise de la Madeleine, y será en español a cargo de párrocos mexicanos.  Pero, sin duda, las canciones, las lágrimas no faltarán, como los tamales, o el tequila que circula sin pudor, ya que aquí se puede beber en la calle.

Recuerda Vilma que en sus primeros años en esta ciudad, por ahí a finales de los años 70, la celebración de la misa era otra: apenas unos 50 mexicanos, que se conocían todos, y que se reunían apenas frente al altar, que se corrían la voz para saber la hora exacta, organizado por otras personas que las actuales y donde ningún miembro de la embajada se daba cita. En ese entonces, cuenta ella, la separación entre la religión y Estado, era más evidente.

Hoy, miles de mexicanos asisten y las cosas han cambiado. Ni París es el mismo. Pero al final todos vuelven por un día a su México querido, convirtiendo a la capital francesa en un oasis de calma, de alegría, de optimismo, de camaradería, de desestrés… Eso que,  desde que viven en Francia, cada vez más fría y poco hospitalaria, es tan difícil de encontrar…

Misa de la Virgen de Guadalupe
Martes 11 de diciembre 2012, 17h30
Eglise de la Madeleine
Place de la Madeleine, 75008 Paris
Sitio oficial

Fotos: Sandra Lupercio, organizadora de la Misa de la Virgen de Guadalupe en París.
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